Entre 1925 y 1950, Tiwanaku se convirtió en el epicentro de un movimiento cultural que buscaba forjar una nueva identidad boliviana. Artistas, arquitectos e intelectuales encontraron en esta civilización prehispánica la respuesta a múltiples necesidades: contrarrestar la visión pesimista del “pueblo enfermo” planteada por Alcides Arguedas, responder al trauma de la Guerra del Chaco y construir un nacionalismo basado en un pasado glorioso. Figuras como el multifacético Arthur Posnansky, con sus teorías sobre Tiwanaku como cuna de todas las culturas americanas, alimentaron esta fascinación que pronto se materializó en ilustraciones, proyectos arquitectónicos y obras artísticas que fusionaban lo prehispánico con el Art Déco y el barroco mestizo.
La huella tiwanacota impregnó todos los ámbitos creativos. El arquitecto Emilio Villanueva, aunque premiado por su Palacio Consistorial de estilo flamenco, desarrollaría después el estadio Hernando Siles y el Monoblock de la UMSA con clara inspiración tiwanacota. Mientras tanto, Cecilio Guzmán de Rojas ilustraba leyendas incas ambientadas en Tiwanaku, y el italiano Emilio Amoretti diseñaba portadas donde el dios Viracocha coexistía con elementos coloniales. Incluso se proyectó un Pabellón de Bolivia para la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929 que replicaba la Puerta del Sol, demostrando cómo Tiwanaku se convertía en embajador cultural de Bolivia en el exterior.
Este movimiento no fue solo estético sino profundamente ideológico. Pintores como Juan Rimša y Luis Wallpher Bermeo retrataban a indígenas contemporáneos frente a ruinas tiwanacotas, estableciendo un vínculo racial y cultural directo entre el pasado glorioso y el presente aimara. Las ilustraciones de Román Katari transformaban los símbolos tiwanacotas en puentes entre América y Europa, mientras las cerámicas documentadas por Posnansky servían de inspiración para creadores que veían en cada cruz escalonada y cabeza de cóndor la esencia de una bolivianidad por construir.

