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“Retrato de Elisabeth Lederer” de Gustav Klimt se convierte en la obra de arte moderno más cara jamás subastada: 236,4 millones de dólares

En una noche histórica para el mercado del arte, el “Retrato de Elisabeth Lederer” (1914-1916) de Gustav Klimt se vendió el 18 de noviembre de 2025 en Sotheby’s Nueva York por 236,4 millones de dólares, convirtiéndose en la pintura moderna más cara de la historia y la segunda obra de arte más costosa jamás subastada (solo detrás del Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, vendido por 450,3 millones en 2017). Superó ampliamente el récord europeo anterior del propio Klimt —”Dama con abanico” (1917-18), adjudicado en Londres en 2023 por 108 millones— y desplazó al icónico Shot Sage Blue Marilyn de Andy Warhol (195 millones en 2022).El lienzo, de casi dos metros de altura, representa a Elisabeth Lederer, hija de 20 años de August y Serena Lederer, los mecenas más importantes del pintor austriaco. Durante décadas estuvo en la colección privada de Leonard A. Lauder (heredero de Estée Lauder, fallecido en junio de 2025) y apenas había sido visto en público desde los años 80. Su reaparición causó sensación: tras una guerra de pujas de 18 minutos entre siete postores, un comprador asiático anónimo se lo llevó por una cifra que triplica las estimaciones iniciales (70-100 millones).

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Más allá del oro: la última etapa maestra de Klimt
Aunque no pertenece al célebre “período dorado” (1907-1909), con sus hojas de oro y exuberancia secesionista, este retrato de los últimos años de Klimt (murió en 1918 con 55 años) es considerado por los expertos su obra psicológicamente más profunda. La figura de Elisabeth, alargada y casi espectral, emerge de un vestido-crisálida de seda blanca que parece cristalizarse. El fondo, un torbellino de azules celestiales y motivos asiáticos (dragones Qing, ondas estilizadas), la convierte en una especie de diosa moderna, una Venus botticelliana reinventada para la Viena de 1914.Un análisis más profundo revela la genialidad del pintor: en la textura de la túnica se entretejen símbolos imperiales chinos con formas biomórficas microscópicas que Klimt estudiaba junto al anatomista Emil Zuckerkandl. Óvalos concéntricos, espirales y estructuras celulares —presentes también en Danaë o El beso— hablan de embriología, linaje y vida en formación. El retrato se convierte así en una meditación sobre identidad, herencia y metamorfosis.
Una historia de supervivencia que cruza el lienzo
La vida real de Elisabeth Lederer añade una capa trágica y extraordinaria. Tras la anexión de Austria en 1938, los nazis saquearon la inmensa colección Klimt de los Lederer. Elisabeth, judía, enfrentó la deportación. En un acto desesperado de supervivencia, ella y su madre Serena declararon ante las autoridades que Gustav Klimt —no judío y famoso por sus numerosas amantes— era su padre biológico. La mentira funcionó: le concedieron estatus “ario” y salvó su vida.El cuadro, incautado y luego restituido parcialmente a la familia tras la guerra, terminó en manos de Lauder en los 80. Décadas después, su vestido-crisálida y sus alas prismáticas parecen profetizar esa transformación: de hija de mecenas a mariposa que escapa del horror nazi gracias a una ficción firmada por su propia madre.
Con esta venta, Klimt ocupa ahora dos de los cuatro primeros puestos del ranking histórico y confirma el dominio absoluto del arte moderno europeo en el segmento ultra-premium. Para los especialistas, el precio refleja no solo la rareza (es uno de los últimos grandes retratos femeninos de Klimt en manos privadas) sino también su carga simbólica: belleza, ciencia, guerra, identidad y renacimiento en un solo lienzo.Elisabeth Lederer falleció en 1979 en Budapest. Su retrato, que la inmortalizó como diosa y crisálida, acaba de desplegar definitivamente las alas en el siglo XXI.
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